Lo mejor de la fotografía de bodas es estar muy cerca de las vidas de las personas a las que retrato y de todo lo que sucede a su alrededor. Saber que cada uno de los momentos de ese día es único y no volverá a repetirse, es mágico.
Retratar una boda es cómo dirigir una orquesta: implica controlar los tiempos y a la vez buscar los espacios de luz, -o sus sombras-, estar atenta al lugar donde se posan las manos (o los besos) y retener la belleza de los detalles. Y a veces, colocar, -o descolocar- a cada uno en su lugar.
Cuando cuente la historia, tiene que sonar bien.
Me gusta cuidar los retratos familiares en los preparativos de los novios, mirar desde otro lugar los espacios a los que vuelvo y descubrir otros nuevos, perseguir la mirada de algún niño, bailar al ritmo de los novios y conectar con su energía.
Me gustaría que en mis imágenes se aprecie la búsqueda constante, mi intención al disparar y sobretodo que la personas se reconozcan en ellas.
Las fotografías que hago hablan de las personas que las habitan pero también hablan de mí.
Cada uno de los momentos del día de vuestra boda reflejados en fotos emotivas y bellas.
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